26 Octubre 2009
...Cuando Vela bajó al vestíbulo, Ortiz ya le estaba esperando. Nacida a comienzos de siglo, había sido testigo del desarrollo de los androides, desde los primeros modelos dotados de musculatura artificial de los años diez.
Tenían por delante tres cuartos de hora hasta llegar a Valladolid. En ese tiempo la doctora profundizó en esta evolución.
A comienzos de siglo se desarrollaron los primeros músculos artificiales. Originariamente se trataba de unos conductos huecos de material plástico por los que se introducía aire presurizado de modo que las contrac
ciones resultantes, controladas por impulsos eléctricos del cerebro, descodificados por un procesador, permitían suplir la capacidad motora de músculos inutilizados. El siguiente paso fue el desarrollo de un material sintético reactivo a impulsos eléctricos de baja intensidad para su empleo en extremidades artificiales. La compañía química poseedora de la patente y una compañía informática emergente se embarcaron en el desarrollo de un primer androide que conjugaba el empleo de músculos artificiales sobre una réplica en titanio de un esqueleto humano con un potente ordenador de última generación capaz de reproducir fielmente los movimientos humanos. Ante el éxito de este primer prototipo, ambas compañías se fusionaron formando Vitruvio, poseedora de la citada patente del músculo artificial y de un software de inteligencia artificial. Dado que hasta quince años más tarde otras compañías no serían capaces de desarrollar modelos de músculo artificial tan perfectos, Vitruvio se hizo con una posición aventajada en el mercado que supo mantener desde entonces. Tras varios años de estudios salió al mercado el primer modelo comercial, Prometeo. Pese a las limitaciones tecnológicas de aquella época, Prometeo eras capaz de desempeñar una serie de tares como el manejo y la limpieza de residuos tóxicos o tareas en la minería. A medida que la informática evolucion
aba, la capacidad de emulación de conversaciones se perfeccionaba, y con la aparición de los procesadores de conducción y las memorias de microcristales se multiplicó por quince la capacidad de la generación anterior.
Así se llegó a simular los procesos intelectuales y actitudes humanas con un nivel de realismo que el siguiente paso lógico no podía ser si no un androide asistente. Esta segunda generación se hizo accesible al usuario particular. El índice negativo de natalidad había provocado un progresivo envejecimiento de la población, y para el cuidado de los ancianos se comenzó a generalizar el uso de androides, cuyo precio era ya el de un vehículo de clase media. No se trataba solamente de máquinas capaces de ejecutar tareas de cuidado del hogar y atenciones médicas básicas. También eran capaces de mantener conversaciones y, mediante el acceso a bases de datos, disponer de recursos ilimitados a tal efecto.
La tercera generación supuso la multiplicidad de modelos. Se multiplicaron las variantes de cuerpos, muchos de ellos réplicas de personalidades presentes y pasadas. Asimismo existía una multiplicidad de softwares de personalidad acumulables. De este modo un mismo androide podía ser cuidador, secretario e incluso un caro juguete sexual.
Fue a partir de 2050 cuando se consiguió que los androides fuesen capaces de leer e interpretar a distancia nuestros pensamientos. Así eran capaces de incorporar a su toma de decisiones aquello que las personas no podían o no se atrevían a explicar. Profundas emociones como el deseo, la soledad o la ira transformadas en un simple número binario. Esto, unido a la continua mejora en los materiales sintéticos, la imitación de funciones como la cardíaca o la circulatoria (aprovechadas por subsistemas del androide) hizo de la cuarta generación algo nunca visto hasta entonces. Se trataba de una ilusión tan perfecta que algunas voces empezaron a temer por sus implicaciones sociales y éticas.
[...]
A partir de esta innovación, los androides mostraban una fiabilidad superior al ochenta y siente por ciento en la lectura de deseos a nivel estándar. Y su margen de error con el usuario habitual era inferior al uno por ciento. Eso supuso paradójicamente la primera crisis en el mercado. Habían alcanzado tal nivel de perfección que se alejaban del comportamiento humano. Por ello se comenzaron a desarrollar softwares de personalidad accesorios. Y esos programas destinados a hacer a los androides tercos, celosos o respondones fueron la tabla de salvación de la industria. Ahora el androide detectaba en el usuario la necesidad de descargar un exceso de emociones negativas, todo ello controlado por un mecanismo de seguridad que mantenía la ira dentro de unos niveles saludables.
No era más que una variante de los softwares de detección para empatía, cariño o deseo, pero aplicada a unos sentimientos negativos que hasta entonces no habían sido tenidos en consideración.
servido por El Bebé Con Puro
sin comentarios
compártelo
28 Agosto 2009
PERSONAJES
VAMPIROS:
HANS
HEINZ
CARSTEN
DOCTOR LEONENKO
TRIFON
MUJER SIN CABEZA
EXTERIOR CASTILLO NOCHE
Son los últimos momentos de la noche. Pronto el sol asomará tras las heladas llanuras ucranianas. En lo alto de una colina, se alza majestuoso un viejo castillo. A él se acerca un grupo de personas. Están demasiado lejos como para que podamos verles.
CORTE
Son tres alemanes, miembros de las S.S. Su aspecto dista mucho de ser el orgullo del Reich. Desharrapados, sucios, sin afeitar…son los restos del aparato de ocupación del imperio. Caminan en silencio, cabizbajos tras de su derrota a manos de los soviéticos. Ninguno de ellos habla. Pese a su estado de ánimo su paso es ligero. Tienen prisa por llegar al castillo, pero…¿serán bien recibidos? Al fin y al cabo, ese castillo pertenece al pueblo soviético. Si alguno de los muchachos de Stalin les encuentra no les espera nada bueno.
Al llegar al castillo evitan la puerta principal. Buscan un acceso al interior y lo hayan en una portezuela apenas asegurada por un débil candado.
corte
Una bandera soviética ondea en lo alto del castillo, justo encima de la portezuela por la que entran los S.S.
interior bodega
Los miembros de las S.S. han entrado en una sombría bodega en la que descansan algunas botellas. Mientras dos de ellos inspeccionan la bodega, el otro miembro del grupo comprueba que la puerta de la bodega está cerrada y que al otro lado no se oye ningún ruido. Después cubre con los restos de su chaqueta el ventanuco de la puerta que forzaron al entrar. Extrañamente, una vez realizadas estas operaciones, ninguno de ellos echa mano de las botellas allí almacenadas. Estos considerados muchachos se tumban e intentan dormir. Su aspecto es mortecino.
Un roedor aparece tras unas cajas y pasa rápidamente junto a uno de los soldados. Antes de que el animal pueda reaccionar, una pálida mano le atrapa. Uno de los soldados se lleva el ratón a la boca, con los ojos apenas abiertos, y clava sus colmillos en el lomo del roedor.
CRÉDITOS
interior castillo
Nos encontramos en una amplia biblioteca, su aspecto es suntuoso, con grandes cortinas, elegantes muebles. Heinz, uno de los vampiros, camina sigilosamente por el cuarto. Al llegar frente a un cuadro, se detiene. Es un cuadro sombrío, en el que la silueta de un castillo se recorta en lo alto de un risco. Aunque al principio no se da cuenta, acaba descubriendo un pequeño detalle macabro. De una de almenas cuelga una cuerda, en cuyo extremo hay un cuerpo inerte.
interior bodega
HANS, el vampiro comeratas, espera a sus compañeros en el sótano. Para pasar el rato, talla con su navaja figuritas de madera, y de vez en cuando se limpia los colmillos con las astillas sobrantes.
En un momento dado, se dirige a una de las figuritas que ha tallado. Una figura femenina de rasgos angulosos:
HANS:
¿Y tú que crees, preciosa? ¿Saldremos esta? ¿Encontraremos algo apetitoso entre estas paredes?
Por supuesto, la figurilla no le contesta. Y aunque al bueno de Hans le parezca hasta bonita, a nosotros nos parece bastante inquietante.
HANS: Sí. Yo también lo creo.
corte
INTERIOR SUBTERRANEOS
Carsten, el último de los vampiros, desciende por las escaleras intentando no hacer el menor ruido. A lo lejos oye un sonido monótono, como un goteo. Al final del pasillo, tras la puerta, un pequeño resplandor llama su atención.
corte
interior biblioteca
Heinz continúa su recorrido por la fastuosa biblioteca. En estos momento ojea un libro encuadernado en lo que parece piel humana. Oye un ruido a lo lejos.
corte
interior bodega
Hans parece tener hambre nuevamente, así que se sitúa al lado de la ratonera a la espera de que un aperitivo asome la cabeza.
HANS: Vamos, bonito, ¿por qué no sales? Podemos organizar una pequeña comida. ¿A qué esperas? Vamos.
Hans se pone de rodillas para observar más de cerca la ratonera. En el interior parece moverse algo.
Lo que se mueve, a las espaldas de Hans, es un gigantesco barbudo quien, tras agarrar al vampiro, lo arroja contra un pared, en medio de un estrépito de cajas.
Hans observa al gigante aterrado.
corte
interior sótano.
Carsten camina lentamente, con los ojos abiertos como platos. Al abrirse el campo entendemos la razón. Encadenada a la pared de pies y manos y encapuchada, hay una mujer desnuda.
En otras circunstancias Carsten se hubiese hecho más preguntas, pero después del hambre de los últimos días, se acerca rápidamente a la cautiva. Al llegar a ella echa mano del capuchón que cubre su rostro y su cuello y tira de él.
La impresión le hace retroceder y caer. Allí no hay cuello ni hay cabeza. Lo que hay es un gotero del que parten dos finos tubos que se hunden en el tórax. Parece como si los ojos de Carsten fuesen a salir disparados.
VOZ (off):
¿Se ha asustado? Pobre amigo. No le culpo.
Carsten se vuelve hacia el origen de la voz. A sus espaldas se encuentra un hombre de unos cincuenta años, vestido con una elegante bata. Sus patillas y su barba son ya casi blancas, pero el resto de su pelo es denso y oscuro. Es el doctor Leonenko.
LEONENKO:
Mi nombre es Dimitri Alexandriev Leonenko. Científico, astrónomo, violinista, incansable investigador de lo oculto, pintor y artesano de vidrieras.
CARSTEN:
(terriblemente asustado)
¿Qué demonios es eso?
LEONENKO:
¡Oh! Sin duda se refiere a Anna. Se lo explicaré. Verá, nunca he sido capaz de entender la fascinación que históricamente ha existido por la cabeza.
En mi opinión, salvo en los escasos genios que habitamos este mundo, la cabeza no sólo es un accesorio prescindible si no un molestia que debería ser erradicada. Durante los últimos años he buscado la solución a tan enojoso problema, y ahora tiene usted el honor de presenciar el fruto de mis investigaciones.
Este precioso cuerpo era hasta no hace mucho una molesta joven de voz aguda y destemplada, amén de incansable hilvanadora de frases sin sentido. Ahora es, gracias a mi descubrimiento, un ser mucho más... cómo decirlo?... armónico. Sé que peco de inmodestia pero me permito considerarme como un perfeccionista.
Leonenko termina su discurso con una carcajada de felicidad. Carsten encuentra dificultades para asimilar lo que acaba de oír.
LEONENKO:
Y ahora permítame que le muestre algunas de mis otras…piezas.
Leonenko ayuda a un desconcertado Carsten a levantarse. El vampiro, débil y asustado, ni se plantea lanzarse al cuello de ese loco. Ambos se dirigen hacia una mesa situada en un oscuro rincón del laboratorio.
LEONENKO:
Pero claro, nos quedaba la cuestión de aprovechar algunas partes de su cabeza, suprimiendo, claro esta, la locuacidad de la que esta joven hacía gala anteriormente…observe esto.
No llegamos a ver que se oculta tras la lona que Leonenko ha destapado, pero debe ser algo espeluznante, ya que Carsten se derrumba.
Aterrorizado, se revuelve en el suelo intentando al tiempo retroceder, ponerse en pie y girar. Está tan desquiciado que no puede reprimir un gesto inconsciente y muestra sus colmillos. Leonenko queda asombrado ante lo que contemplan sus ojos.
LEONENKO:
Pero…eso es increíble. Es en verdad un vampiro. (no puede evitar una carcajada de felicidad) Fantástico. Es una oportunidad única. ¿Qué le parecería…ser…mi…invitado?
CARSTEN:
(histérico)
¡Déjeme! ¡Apártese! ¡Es usted un…demente! ¡Un enfermo! ¡Un…
LEONENKO:
(con una sonrisa beatífica pero inquietante)
Un científico.
Leonenko se gira hacia la puerta y grita:
LEONENKO:
¡Trifón! ¡Ven aquí!
fundido
INTERIOR LABORATORIO
Carsten y Hans se hayan encadenados a la pared, junto a la mujer sin cabeza. Cabizbajos, incapaces de pronunciar una palabra ante el negro panorama que les espera. Su única esperanza pasa por Heinz, pero no tienen idea de la situación de su compañero, de si estará a salvo o en manos del Mengele del Dniepr.
Se abre la puerta y aparece Leonenko.
LEONENKO:
(a Hans)
Pronto habré acabado de analizar tu sangre, amigo Hans. Es asombroso todo lo que se ha escapado a los ojos de la ciencia a lo largo del tiempo.
Vuestra capacidad para evitar el envejecimiento es sorprendente, y dentro de poco yo tendré la clave. Yo, Dimitri Alexandriev Leonenko, daré el primer paso en el camino hacia la inmortalidad.
Por supuesto, con vuestra valiosísima colaboración.
Leonenko abandona la habitación.
CARSTEN:
(mirando a su compañero)
¿Es esto el fin?
HANS:
Yo diría que sí. ¿Quién nos iba a decir que nosotros, los vampiros de Charlottenburg, los señores de la noche berlinesa, acabaríamos convertidos en el experimento de un loco?
CARSTEN:
¿Recuerdas la primavera pasada en Brno?
HANS:
¡Oh, si! Hermosas muchachas. Cuellos delicados, magnífica sangre.
¿Y qué me dices de Oradea?
CARSTEN:
¿Oradea? No recuerdo…
HEINZ (FdP):
Yo sí. Las calientes muchachas rumanas.
Heinz aparece entre las sombras.
La alegría de los cautivos da paso a las prisas por salir de allí.
HANS:
¡Vamos, libéranos antes de que vuelva el viejo!
HEINZ:
¿Quién es el viejo?
HANS:
El dueño del castillo. ¡Date prisa!
HEINZ:
¿Y la llave? ¿Cómo queréis que os suelte? Podría hacer palanca en los anclajes pero lo más probable es que os destrozase los miembros.
CARSTEN:
La idea era innecesaria Heinz. Las llaves están sobre aquella mesa del fondo.
Heinz y Carsten se miran con cara de “¿Qué clase de idiota puede dejar las llaves a la vista?”.
CORTE
BIBLIOTECA NOCHE
Los vampiros entran en la biblioteca en busca de alguna salida del castillo. Se mueven con cautela, intentando hacer el menor ruido posible. Heinz se detiene.
HEINZ:
Esperad un momento, creo que no nos vendría mal llevarnos algo de valor. Antes vi aquí un libro antiguo, parecía valioso. ¡Oh, ahí está!
Heinz toma en sus manos el libro encuadernado en piel humana que había visto antes. En sus tapas figura un nombre: “De Vermiis misteriis”
HANS:
¿Es antiguo?
HEINZ:
Ahora lo veremos.
Ojea el libro.
HEINZ:
¡Oh, si! Debe valer una fortuna. Me parece que está escrito en latín. Buen, ¿qué mas da?
Heinz cierra el libro. En menos de dos segundos su rostro, ya pálido de por si, deviene mortecino. Sus ojos parecen salirse de sus órbitas y comienza a sudar y a agitarse. Sus compañeros asisten horrorizados a un macabro espectáculo. Heinz gira y se retuerce a algunos palmos del suelo sin que ellos puedan hacer nada. Finalmente, unas violentas convulsiones, pierde la vida (o lo que demonios le ocurra en estos casos a los vampiros).
LEONENKO:
(apareciendo de entre las sombras junto a Trifón y bloqueando la puerta)
¡Qué desgracia! Otro sujeto joven que podía haber servido para mis experimentos arruinado por su imprudencia. Trifón, por favor, devuélvelos al laboratorio.
Sin una sola palñabra Trifón se dirige a Carsten y de un golpe, sin que pueda hacer nada, lo deja sin sentido.
Desde el punto de vista de Hans observamos la terrible zarpa de Trifón golpear su rostro.
fundido
Laboratorio
Cuando Hans recupera la consciencia se encuentra atado a una mesa de operaciones. La cara de Leonenko se aproxima a él y le dice, mostrándole un afilado instrumental quirúrgico:
LEONENKO:
Y ahora, amigo, no te muevas a menos que quieras sufrir un dolor insoportable.
corte
laboratorio
Vemos de lejos a Leonenko inclinándose sobre la mesa y manejar los aparatos. Hans grita de dolor. La cabeza de Carsten, con gesto aterrorizado, descansa sumergida en líquido y conectada a unos electrodos.
CORTE
EXTERIOR CASTILLO
Continúan los aterradores gritos mientras el sol se pone tras el castillo de Leonenko.
FUNDIDO
FIN
TÍTULOS
servido por El Bebé Con Puro
sin comentarios
compártelo
11 Julio 2009
X
Apenas llevaba diez minutos en casa cuando el teléfono sonó. Y sonó de una manera que me era familiar. Más acelerado. Tenía que ser Helen. Era Helen. Quería que me acercara a su casa, su marido cogía un avión para San Francisco esa tarde y pasaría fuera unos días. Le pregunte si él podría sospechar algo pero Helen dijo que no le parecía probable.
Como ya he dicho vivía en un piso de lujo de la avenida Amsterdam, en la zona cara de la ciudad. Un edificio de piedra, con un portero, con amplio hall, y sobre todo sin el ecosistema para cucarachas de mi edificio.
Entré en el ascensor. Piso primero. La verdad. Es extraño que nos encontremos en su casa. Podrían vernos sus vecinos. Piso segundo. Además ahora que Teobroma parece sospechar. Piso tercero. ¿Tres? Ella habló de algo relativo a tres días por teléfono. Y hoy es miércoles. Teobroma hablaba de marcharse el sábado esta mañana en el Museo. Y Helen dijo que estaría unos días en San Francisco. Piso cuarto. El coprófago iba con él. Como la otra vez, también en su despacho. Como el día que desapareció Vinny. Aquello era muy raro. Piso quinto. Se abrió la puerta del ascensor. Helen estaba espe
rando en la puerta de su piso.
Instintivamente apreté el botón de bajada y retrocedí un paso. Antes de que se cerrara la puerta apareció el coprófago con una barra de hierro. Lanzó un golpe al aire, se desequilibró y cayo al suelo. No lo dudé. Me deshice de él de una patada en su cara. Tampoco iba a quedar mucho peor que antes. Cogí la barra justo a tiempo para golpear una mano que empuñaba un cuchillo. Era el sobrino de Teobroma. Se sujetaba la mano mientras bailaba una especie de danza de la lluvia de los apaches y juraba en arameo. Bonita mezcolanza cultural. En un acto de humanidad por mi parte decidí acabar con sus penas por un rato. Sí. Calladito estaba mejor.
Helen, en la puerta me miraba. Estaba blanca. Empezó a retroceder. La muy hija de puta. Me iba a tener que explicar muchas cosas. Todos estos días me había estado utilizando. Ella seguía retrocediendo hacia el fondo del salón. Pero ¿qué quería ocultar encamándose conmigo? Seguro que Teobroma... Teobroma. Qué extraño. ¿No estaría allí?. Helen retrocedía hacia su habitación. Una persona que huye no se mueve paso a paso. En el reflejo de una ventana vi que en la habitación había alguien. Tuve el tiempo justo de agacharme antes de que Teobroma saliese de la habitación con un revolver. Sonaron tres disparos. No podía perder tiempo. Le lancé un cenicero que encontré a mano y corrí hacia la puerta. Dos disparos más. Doble la esquina del pasillo y otra bala acabó con la vida de la pared del fondo. El edificio exhaló un quejido sordo, profundo. El agujero que dejo el proyectil comenzó a supurar, y la pared, que antes era de un color verde mar comenzó a blanquear. Teobroma se había detenido. Había hecho seis disparos por lo tanto había gastado el cargador. Me di la vuelta y sujeté fuerte la barra de hierro. Ahora o nunca.
XI
La policía me dio una explicación a todo. Parece ser que Teobroma planeaba vaciar el Museo. No le faltaban narices. Había contactado con una serie de ricos coleccionistas a través del abyecto del traje de rayas (el coprófago). Estaban metidos en el ajo su sobrino y algunos vigilantes. Según contó Helen, Vinny oyó algo en los servicios, le descubrieron y le dejaron inconsciente de un golpe en la cabeza. Rompieron una ventana para fingir la huida de un ladrón, aunque en realidad dos de ellos cargaron con Vinny y se escondieron en alguno de los almacenes del sótano. A Vinny lo habían encerrado hasta que fuese el momento de limpiar el Museo de sus piezas más valiosas y marcharse. Teobroma y Helen fingieron venir por el pasillo para tapar su sobrino y el coprófago. Ellos aseguraban haberme visto llegar corriendo y yo a ellos. Todos teníamos coartada. Para asegurarse que no metiera las narices Helen pasaría los días que faltaban conmigo. Así yo no le daría muchas vueltas a lo ocurrido. Eso explica muchas cosas. Como que Teobroma consintiera que acompañase en su esposa aquella noche. Debo dejar de creerme Rodolfo Valentino. Siempre acabo como un gilipollas. (No es una autocrítica, es que Helen me definió así en su declaración ante la policía). El plan estaba bien ideado. En tres días hubieran desaparecido, pero al verme en su d
espacho Teobroma se puso nervioso y decidió encerrarme también. O matarme. Hizo que Helen me citase en su casa pero por esa estrella que tenemos los cabrones salve mi pellejo. Esa viene a ser la historia.
Encontramos a Vinny en un sótano del Museo. Estaba todo lo bien que se puede estar en esos casos. Me dijo que para mantener la calma había compuesto un poema épico. Cuando le liberamos llevaba ciento sesenta versos. Ciento sesenta versos del policía más burro de la Gran Manzana. Y pretendía recitárnoslos. No estaba dispuesto a soportar aquello. Le comenté a uno de los policías que me preocupaba su salud mental. Convinimos en que lo mejor sería encerrarle unas semanas para que descansase. A grandes males grandes remedios.
Sin Teobroma y su sobrino el puesto de director del departamento de imprecaciones está libre. El Museo, deseoso de publicidad favorable (y gratuita), me lo ha ofrecido. Al héroe. Al de las portadas en el Times. Al que solito, y en un alarde de valentía había frustrado uno de los mayores golpes del siglo en la ciudad. Sólo por darme el gusto, no respondí inmediatamente. Tardé diez segundos.
Con la recompensa me he mudado a un nuevo piso en Manhattan. También he cambiado mi vetusto Ford por un Lincoln. Un director de departamento del Museo del Quídam debe dar buena imagen. La silla de Teobroma es ahora mía. Su mesa es mía. Su despacho es mío. Su secretaria... se llama Susan y cree en la erótica del poder. Esta noche cenaremos juntos. Es realmente atractiva. Con esa boca debe haber...
servido por El Bebé Con Puro
sin comentarios
compártelo
10 Julio 2009
IX
Después del segundo día ya no volvió a insistir mucho en el tema. Tiene mucha gracia. Un día le da la llorera como si su vida no tuviese solución y al siguiente pide que le hagas lo que no está en los escritos. Pues yo no iba a perder el tiempo en entenderla. Durante aquella semana nos estuvimos viendo todos los días. Era una de esas situaciones que sabes que no pueden durar demasiado pero que por otra parte esperas que no se acaben. Era en cierto modo una dependencia física. Durante aquel tiempo esperé que la policía me comunicara alguna noticia sobre Vinny, pero estaban desconcertados. Había desaparecido sin dejar rastro. Helen era insaciable. Llevábamos una semana haciendo lo mismo. Bueno, si esas eran todas sus expectativas... Aquella mañana había sido especialmente movida. Ella había llegado antes de las nueve de la mañana y yo, como empezaba a ser habitual estaba despierto desde hacía rato, esperándola. Apenas tuvimos tiempo de cerrar la puerta. Empezamos allí mismo, contra la pared. Aferrada a mí tal como estaba la llevé hasta la cama. Cuando acabamos ella se levantó a beber algo. Llevaba puesta mi camisa. Al ver sus piernas, realmente bien formadas, una fuerza inexorable me hizo levantarme y seguirla hasta la cocina. Abracé con mis manos sus caderas, su cintura, sus pechos. El olor corporal, el calor y la
humedad que desprendíamos invitaba a hacerlo otra vez. Estaba agotado. Mientras ella se duchaba yo me tumbé en la cama. Estiré los brazos. Uff, ahora olía a sudor que tumbaba. En cuanto ella saliera de la ducha (un año de estos) iría yo. Sería más divertido juntos pero por esta vez sería mejor dejarlo, si no acabaríamos como siempre. Terminé. Pasa si quieres. - Dijo ella. Mientras yo cogía ropa limpia del armario, ella sacó el disco de Daddy Toussaints y se preparó un whisky. Abrí el grifo de la ducha. Miré el montón de ropa limpia que había preparado. La camiseta. Sabía que se me olvidaba algo. Salí a buscar una en el armario. Helen estaba hablando por teléfono. Solo son tres días. No es tan difícil. Sí, sí, adiós. (¿?) He llamado a mi hermana, no te importa, ¿verdad?. (¡Mujeres!) No, no hay problema. Cogí la camiseta y volví a la ducha. Cómo necesitaba el agua caliente en los hombros. Sentí los músculos de la espalda descargarse. Llamar a su hermana. ¿Que prisa le corre? Mejor no darle más vueltas. Se estaba tan bien. Pensé en acercarla a su casa y pasar por el Museo para dejar un par de imprecaciones que había encontrado. Hacía tiempo que no pasaba por allí. Y me apetecía tocarle un poco las pelotas a Teobroma con lo de mi puesto de trabajo. Aparqué mi Ford enfrente del Museo y me dirigí hacia la entrada. En el momento en que iba a atravesar la puerta del Museo, giratoria como todas las puertas de edificios importantes de la maldita creación, un grupo de pequeños luzbeles hicieron girar esta a gran velocidad lo que proyectó a una pareja de tranquilos abueletes que infortunadamente se encontraban dentro de ella a varios metros de distancia, más concretamente al estanque de aguas verdosas de donde nadie se dignó en rescatarlos. Niños. Que monos. Seguramente harían las delicias de San Herodes. La secretaria de Teobroma me indicó que esperara, que Teobroma no se encontraba en su despacho pero que pronto volvería. Pues espero. Me preguntaba si Teobroma y ella estarían liados. Sería divertido que su mujer y su amante le engañaran conmigo. Sobre todo para mí. Cintura de avispa. Buenas caderas. Parecía un buen momento para tantear el terreno, pero apareció Teobroma hablando con su sobrino y el tipo con pinta de coprófago. Ya está todo contratado. ¿Para cuando? El sábado. Ya tenemos los billetes. En el momento en que se dieron cuenta de que yo estaba allí casi me fulminan con la mirada. Teobroma empezó a gritar. ¡Usted! Puede saberse qué demonios hace aquí. Debería estar en Brooklyn. Yo solo quería... Usted quería mierda. ¿Me oye?. Lárguese de aquí o le pongo en la calle para siempre. Viendo el ambiente decidí volver a casa. No sabía que mosca le había picado pero creía adivinar donde.
servido por El Bebé Con Puro
sin comentarios
compártelo
28 Junio 2009
VII
Al entrar en mi apartamento la razón me indicó lo inconveniente de liarme con la esposa del jefe. Rápidamente le indique a la razón por donde podía irse a tomar. Ésta, ofendida, se marchó por el mismo camino que antaño siguiera la ética.
Caímos encima de la cama. Mientras besaba su cuello ella enredaba sus manos en mi pelo. Empecé a mordisquearle una oreja y ella cerró sus manos tirándome del pelo. Eso le encantaba
(lo de la oreja; lo de tirar del pelo es una reacción puramente somática que tiene su origen en el estímulo percibido por su sistema nervioso sensitivo, que envía un mensaje a través de sus neuronas a su médula provocando reacciones como la antes mencionada contracción de su musculatura en general y la secreción de ciertos humores, amén de un proceso de liberación térmica, y aumento de las cadencias e intensidades respiratoria y cardiaca). Ya era hora de bajar a sus... aquello me dio una idea. Fui a por la botella de Jack Daniels mientras ella se quitaba el vestido. Siii. Llevaba años deseando hacer esto. Mis manos por su parte iban por libre. Y a juzgar por sus exclamaciones de aprobación iban por buen camino. Genial. Además ella no se cortaba un pelo. Cogió un pañuelo de seda con el que me ató las muñecas a la cama (la verdad es que esto es algo peligroso en una primera cita, nunca sabes con quién te puedes encontrar, lo que pasa es que la razón se había ido hacía un rato). Besos y mordiscos. Y lametones. Y... y... yóssss... ¡Me gusta!. Debo anotarlo. Me soltó. Después de varias jueguecitos similares pensamos en ir acabando. Y lo hicimos a lo grande, con fuegos artificiales. Con un desfile por la Quinta Avenida con banderitas, gente saludando desde las aceras y bandas de música. Ante la cálida ovación de mis vecinos optamos por deleitarles con otra pieza.
VIII
Antes de dejarla en su casa, en la avenida Amsterdam, Helen me había dicho que nos volveríamos a ver al día siguiente. Eran las cinco de la mañana. Había sido un día agotador, tanto que ya no sentía sueño. Bajé por Broadway hasta la 57 Oeste y después de pasar el Carnegie Hall baje por la Sexta avenida hasta Herald Square. Detuve el coche y entré en una de esas tiendas que abren las 24 horas. Necesitaba un café. Con mucha leche y mucho azúcar. Estuve dándole vueltas a la cabeza hasta las siete. Compré algunas cosas para comer y al salir vi que estaban descargando la primera tirada del Post. Compré un ejemplar. En él venía recogido lo ocurrido. Al verlo impreso me empecé a preocupar por Vinny. Ojalá la policía pudiera encontrarle a tiempo.
Subí de nuevo a mi coche y volví por Broadway para tomar Lafayette, Canal y finalmente el puente de Manhattan para volver a mi casa. Cómo puede alguien como Helen liarse con un tipo que vive en S
outh Brooklyn. Quizás por mis habilidades en la cama. Sería alentador si no fuese por que la referencia es un enano antipático y cincuentón. Aparqué el coche a pocos metros de mi casa y me metí directamente en la cama.
Me desperté a las dos y media. Más bien me despertó un crío dando silbidos. En mocoso estaba tan entretenido con su recién aprendida habilidad que no se percató del tiesto que desde mi ventana fue a parar directamente a su cabeza. Nada grave. Hacía tiempo que la planta que contenía se había secado. “Si no se levanta en diez minutos puede que llame a una ambulancia.”- pensé.- “Bueno, quien dice diez minutos dice veinte; necesito ducharme y afeitarme antes de que venga Helen.”
Cuando salí de la ducha el braguillas ya se había recuperado del golpe y se había marchado. Me encanta contribuir a la formación de nuestros futuros conciudadanos. Comí algo y me senté con un cigarrillo y un libro de Boris Vian esperando a que llegase Helen. Este Vian es un cachondo, así que una pareja que se excita atropellando gente. Y el título es fantástico: Los perros, el deseo y la muerte.
Helen llegó a las cuatro. Empezó a darme la matraca explicándome el terrible error que había cometido casándose con un hombre mayor que ella y que lo único que le podía ofrecer era una posición acomodada. Que sentía que pronto se marcharía su juventud y cosas por el estilo. Si pensaba que la iba a compadecer o algo así iba dada. Primero: ella se lo había buscado. Segundo: yo ya tenía bastantes problemas como para que me viniera a dar la marimba, sobre todo a un lugar tan deprimente como mi casa. Por supuesto le dije todo lo contrario de lo que pensaba. Ni que fuera idiota. Viendo que ella seguía con su perorata la llevé a East River Park. A ver si así se le oxigenaba un poco el cerebro. Pero allí empezó de nuevo.
-
Mi vida no vale un penique; – dijo ella – estoy encadenada a un hombre mayor para quién solo soy un objeto de exposición más. Ni siquiera eso. Se preocupa más por las piezas del Museo que por mí.
-
Vamos, abrázame.- Me empezaba a doler la cabeza de oírla.-
-
Eres tan bueno. Todo esto me quema el pecho. Figúrate que...
Dios mío, ¿se piensa seguir hablando toda la vida? ¿Que ha pasado con la lasciva mujer con la que me había acostado el día anterior?. Tenía que pararla antes de que fuese demasiado tarde. La bese, con dulzura pero con firmeza. Lo conseguí. A los cinco segundos sus manos acariciaban mi cuello.
La besé otra vez. Sus manos buscaron mi pelo. A este paso me va a hacer la tonsura. Su respiración se volvía a acelerar. Odio decirlo, pero a base de ese gran alarde de comprensión y ternura conseguí sacar algo en limpio de aquella tarde (aunque también sería correcto decir “algo sucio”).
servido por El Bebé Con Puro
sin comentarios
compártelo
20 Junio 2009
VI
Corrí en dirección a los servicios, siguiendo el rastro dejado por el grito de Vinny. Por el otro lado del pasillo venían corriendo Teobroma y su mujer. Tras un pequeño forcejeo conseguí que la puerta depusiera su actitud y se abriera. Una ventana que daba a los jardines traseros estaba rota. Allí no estaba nadie, ni siquiera Vinny.
En poco más de veinte minutos llegó la policía.
Uno de los policías, el capitán Pickett, se encargó de interrogarme mientras otro policía hablaba con Teobroma y su mujer.
Le puse al corriente de todo.
-
Y dice usted que no vio a nadie al dirigirse a los servicios.
-
Exacto.
-
Y al tiempo que usted llegaron el director y su mujer.
-
Sí.
-
Y que usted se encontraba sólo.
-
Eso es.
-
Le rogaría que me acompañase a comisaría para poner su declaración por escrito.
Fetén. Seguramente sospechaban que lo había matado y me había comido su hígado con cebolla.
Mientras subía al Chevrolet de la policía observé que Teobroma y su mujer también subían a otro coche patrulla.
-
Lamentamos molestarle, pero debemos contrastar su historia con la de los otros testigos.
-
Lo comprendo. (Pero me duele. En aquellos momentos podría estar cenando yo solo con dos mujeres). Vinny nunca tuvo educación. Seguro que aparecería un par de horas más tarde con el ladrón esposado y apestando a grappa.
Al llegar a la comisaría vi que Teobroma ya se encontraba declarando. En un banco del pasillo se encontraba su mujer. Después de todo la noche podía no estar perdida. Nos miramos durante un instante. Me indicaron que esperase junto a ella para declarar. (Infinitas gracias, agente). Parecía preocupada.
-
¿Se encuentra bien?.(Primer paso: mostrar preocupación por ella)
-
Estas cosas me ponen nerviosa, no estoy acostumbrada.
-
Tranquilícese. Seguramente mi amigo sorprendió a un ladrón y comenzó a perseguirle. (Segundo paso: calmarla)
-
Pero es muy extraño que haya desaparecido. ¿ Y si le han herido, o le han...? Oh, lo siento. (Las mujeres, todo sensibilidad. En fin. No podemos defraudarla, habrá que hacerse el preocupado hasta que aparezca Vinny).
-
Pobre amigo mío. ( Tercer paso: Conmoverla)
En esos momentos salió Teobroma de la sala donde había prestado declaración.
-
Cariño. Ahora debo volver al Museo.- Dijo Teobroma.- Luego vendré a buscarte.
-
No te molestes. No sé a que hora acabaré. Puedo pedir un taxi.
-
Si quiere yo puedo acompañarla.- (Soy un caballero)- (Porfa, porfa, porfa!)
-
Es muy amable. (¡Ding dong! Soy un hacha.)
A eso de las dos de la mañana habíamos acabado con las declaraciones. Nadie había visto salir al ladrón ni a Vinny. La ventana de los servicios estaba rota, éste debía haber escapado por el jardín rápidamente y sin dejar huellas. Un detective nos acompañó a la puerta.
Era una noche bastante agradable y Helen (por supuesto, es ella, quién si no) vivía a pocas manzanas de allí. Prácticamente no nos hablamos de camino a su casa. La luna llena había estallado, manchando el negro cielo con pequeñas gotas de luz que jugaban a perseguirse, a cambiar de color y a formar dibujos a cuál más insospechado. En aquellos momentos habían adoptado la forma de un signo de interrogación. Con solo mirar a Helen se notaba que estaba aún algo asustada. Eso la hacía más vulnerable. (No, no se sorprendan. Primero, soy una rata, lo dije desde el principio. Segundo: Esperen un poco, ya sabrán la segunda razón). Ahora las estrellas habían tomado la forma de suaves olas. Se acercaba el momento de atacar. Su portal era el lugar perfecto. En tales circunstancias sobran las palabras bonitas y yo se poner una muy convincente mirada de sinceridad. Fue más fácil de lo que me esperaba. Un taxi nos condujo a mi casa. Arriba las estrellas formaron un gran signo de exclamación.
servido por El Bebé Con Puro
sin comentarios
compártelo
17 Junio 2009
V
Tras el susto que me había llevado por la mañana el tiempo avanzaba atropelladamente, con una carencia de urbanidad que fue advertida por un rudo agente de la policía a quien los años de servicio habían ido minando la paciencia, por lo que no dudo en
aplicarle un brutal golpe que le hizo detenerse en seco. Con el tiempo parado, no encontré nada mejor que acercarme hasta el Museo. Salí de mi casa a eso de las cuatro de la tarde, curiosamente la misma hora de llegada. De camino al museo me detuve en casa de Vinny, que se encontraba en su día libre. Esperaba que si le daba un poco la lata quizás me invitase a cenar. Vivía en un pequeño apartamento en el que reinaba el desorden. De hecho, en el momento en que entraba el desorden, en virtud de su prerrogativa, quiso que una pila de diversos útiles se me viniera encima desde un altillo, en lo que me pareció una indigna recepción. Considérate en tu casa. ¿En mi casa?. ¿Es una burla?. ¿Así tratas a tus visitas?. Estírate y dame algo de beber. Espera. Como me largues el matarratas que siempre tienes encima de esa mesa y al que te atreves a llamar whisky, ¡por Cristo bendito!, no te salva ni tu placa, ni el cuerpo de policía, ni los putos colonos del Gayflower deshaciéndose en plegarias hacia el Altísimo. ... Voy a acercarme al Museo. ¿Por que no vienes también y me cuentas algunos de tus casos truculentos, eh, piesplanos? Estoy en mi maldito día libre. ¿Quieres explicarme como cojones has llegado a la brillante conclusión de que me apetecería ir a un Museo? (¡¡Arate cavate!!). ¿Quieres una razón? ¿Quieres una jodida razón para ir al museo? Mi futuro laboral se va a pique. Tengo que encontrar la manera de que Teobroma me saque de esa pestilente fosa en la que me ha metido. Por eso tengo que ir al Museo y... ¿Lamerle el trasero? Que te follen. Que te folle un araucano con plumas. O mejor, una tribu entera. Yo había pensado que podríamos ir a cenar con Kate y su prima. Como ves no me olvido de mis amigos. Kate. Oops. Acabábamos de entrar en un terreno resbaladizo. Y encima me sacaba el tema de la amistad. Por segunda vez en el día estaba a punto de estar cerca de sentir remordimientos. Aunque bien visto aquello no había sido culpa mía. Si Vinny no se hubiese caído redondo después de bajarse el solo una botella aquel fin de año Kate no se hubiese sentido en primer lugar avergonzada y e posteriormente aburrida con lo cual no hubiese buscado mi compañía. ( También estaba solo. Odio las fiestas de fin de año). Yo no le hubiese sugerido lo que lo sugerí por llevar dos copas de más y ella no me hubiese contestado lo que me contesto por llevar también esas dos copas. No hubiésemos dejado a Vinny desmayado en un sofá, no hubiésemos cogido mi coche para ir a un lugar apartado ni hubiésemos bailado el mambo horizontal. La culpa es de Vinny que actúa sin pensar en las consecuencias. Y de Kate. No debería hacer caso de todas las cosas que se me pasan por la cabeza... aunque bien pensado... Pero no creo que te suponga tanto esfuerzo acercarte por el Museo.- Tenía que cambiar de tema. Me pierde pensar en Kate.- No ves que el tiempo está parado. Sí... pero... La conversación discurrió por un cauce si
milar, a veces engrosado por algún afluente, hasta que al final logre convencerle de que me acompañara. Una de las ventajas de que el tiempo se detenga es que se puede hacer de todo y eso es indiscutible. Cuando llegamos al Museo eran aún las cuatro de la tarde (como es lógico). El portero era un tipo bastante gris, que para hacerse notar no tuvo mejor idea que enfermar súbitamente de carbunco, con lo que su piel adquirió un tono rojo brillante que, en honor a la verdad le favorecía bastante. Desgraciadamente no vivió para disfrutarlo siendo inmediatamente sustituido por un nuevo portero, igualmente gris. La Sala de Imprecaciones ocupaba unos trescientos metros cuadrados. En sus vitrinas se exponían las más importantes imprecaciones realizadas en nuestra ciudad, y que formaban parte del patrimonio cultural de los Estados Unidos. Cada vez que una persona profería una imprecación que no llegaba a alcanzar a su destinatario esta caía al suelo y acababa cristalizando como sistema de protección. Formaban estructuras semejantes a los copos de nieve con amalgamas de colores realmente atractivas y en su interior podía leerse la imprecación que quedaba allí recogida. En el fondo al lado de la otra puerta estaba el señor Teobroma. Y no estaba solo. Hablaba con el presunto coprófago. A su lado estaba su mujer. Se trataba de un salvaje delirio sexual que apenas lograba cubrirse con un ceñido vestido al que había que reconocer una extraordinaria capacidad de dilatación. Tendría poco mas de veinticinco años. Melena negra, cuerpo soberbio. Elegante, muy elegante. Era una buena razón para acercarse a incordiar a Teobroma. Quizás para no tener que aguantarme me acabase haciendo caso. Desgraciadamente no era mi día de suerte. Vinny se encontraba ido, sumergido en alguna oscura fantasía en la que aquella escultural mujer probablemente jugara un papel muy destacado, y por qué no decirlo, muy depravado. No duró mucho la alegría. Mientras intentaba infructuosamente que volviera al mundo real, ella desapareció por la otra puerta de la sala con Teobroma y el abyecto. Por su parte Vinny desapareció en dirección a los servicios. Dudé que necesitase compañía en esos momentos así que opté por no acompañarle. Estaba solo en la sala de Imprecaciones cuando el tiempo se recuperó del golpe con lo que de las cuatro de la tarde pasamos a las once de la noche. Fue entonces cuando un grito salió de la puerta del servicio, atravesó un pasillo, dio dos vueltas a una vitrina con unas imprecaciones de alto valor cultural, tropezó con una silla que algún vigilante descuidado dejó en medio al marcharse rápidamente a casa y terminó por llegar, ligeramente ahogado por el esfuerzo, a mis oídos.
servido por El Bebé Con Puro
sin comentarios
compártelo
14 Junio 2009
IV
No tenía necesidad de madrugar. Me limitaba a dar un paseo a última hora de la tarde por el barrio para, en los días más afortunados, recoger a lo sumo un par de imprecaciones de nulo valor científico. La gente ya no sabe maldecir. Una de aquellas mañanas me levante temprano. Realmente estaba tocando fondo. Me dediqué a seguir el vuelo de un moscardón que daba vueltas por la habitación buscando desesperadamente una salida. En un par de ocasiones llegó a chocar con la ventana. Era irónico, me recordaba a mí. Lo maté de un golpe seco con el periódico.
Puse un disco del Stu Sullivan Quartet y busqué algo para desayunar. ¿En la nevera? Dios mío, el pastel de carne se
movía. Pensé que debería hacer limpieza. O mudarme. ¿En la despensa? Pan de hace dos días. No estaba tan desesperado. Volví a la cama con un cigarrillo. No deja de ser un estilo de alimentación alternativo. Por supuesto la calma no duró ni cinco minutos. Los golpes en la pared dejaban bien claro que mis vecinos no son precisamente unos melómanos.
Me vestí y salí a la calle. Lo que se podía ver no me ayudaba a levantar el ánimo. Mujeres cargando con la compra y niños sin escolarizar. Y suciedad. La suciedad congénita del barrio. Calles estrechas y edificios de ladrillos ennegrecidos por la misma humedad que mina los huesos de los mayores y la escasa humanidad de los que aquí malviven.
Ni siquiera sabía donde ir. De seguir calle arriba pasaría por el kiosco del viejo Chan, a quien debía dinero; por la taberna de Moe, donde tengo una cuenta por pagar y llegaría al taller de Marlett, a quién debo un neumático y un cambio de aceite. Si caminase calle abajo llegaría al mercado. Dos mil mujeres italianas e irlandesas berreando. No gracias. Ni siquiera podría aprovechar las imprecaciones que allí me encontrase. La política del museo es recoger solo imprecaciones 100% americanas: blancas, anglosajonas y protestantes. Estaba proyectada la construcción de una Sala Internacional del Museo del Quídam pero el concejal responsable había transferido los fondos a una cuenta a su nombre y había huido de la ciudad acompañado de la joven encargada del cuidado de sus hijos y de su pastor alemán, con quienes se le había descubierto un affaire.
Decidí dirigirme al parque, por la calle que corta el barrio. Craso error. Allí estaba la tienda de Thor Trondheim, quién cometiera el error de fiarme en una lejana ocasión. Antes de que me diera cuenta dos manos como palas me cogieron de la solapa y me lanzaron contra la pared. Estaba recibiendo hasta en el apellido. Entonces dejó franco el camino hacia la parte en que los caballeros no golpean. Pero yo si lo hago. Y con saña. Cayó de rodillas y le golpee la cara. Solo lo necesario. A fin de cuentas, le debía dinero.
Después de todo, no había recibido tanto. Unas cuantas magulladuras y un corte en el labio. Volví a casa para limpiarme, y también para evitar encontrarme con más gente a la que debiese dinero. Como al dueño de la licorería, de la librería, de la tienda de música y un largo etcétera. Lo más ridículo de la situación es que tengo dinero suficiente para pagarles a todos, el sueldo del Museo no es tan miserable, lo que ocurre es que... soy un cabrón.
Cuando llegaba al portal me encontré con Molly O’Tipperay que volvía del mercado y pensé en lo primero que pensaría cualquiera que tuviese delante una pelirroja de ojos verdes, piel blanca y suave, cara de ángel y buenas caderas. ¿Debía hacerme el duro o despertar sus instintos maternales? Opté por una postura ecléctica. Y funcionó. Debería haber estudiado psicología. Era una chica bastante tímida, le costaba mantener una mirada. Por un momento casi estuve a punto de sentir algo parecido a escrúpulos. Por un momento. Se ofreció a curarme el corte del labio. Un poco primitiva. Empleó su saliva. Creo que a eso se le llama medicina natural.
Para que decir nada. Los dos íbamos a lo mismo. Vaya con la irlandesita. Parecía que tuviese hambre atrasada. Gemía, gritaba, arañaba, se frotaba furiosamente contra mí, mordía la almohada. Todo eso está muy bien normalmente, en pequeñas cantidades. Pero aquello me descentraba. Le hubiera dado una bofetada pero seguro que se hubiese puesto más cachonda.
Después de que recuperáramos el aliento me dijo:
-
Mmm... (onomatopeya de sensación placentera no de estar pensando qué decir) has estado muy bien.
-
(¡Pero si lo ha hecho todo ella!) Tu también has estado fantástica.
-
Mi antiguo novio no valía gran cosa, pero tú...
-
(“¿Antiguo novio?” “¿Pero tú?”) “¿Antiguo novio?” ¿Tienes novio ahora?
-
¡Que gracioso eres! Hablo de ti.
En aquellos momentos el cielo comenzó a resquebrajarse y súbitamente se me vinieron encima. Dios, Jesucristo, la Virgen, ángeles, arcángeles, principados, potencias, virtudes, dominaciones, tronos, serafines y querubines. En una segunda oleada llegaron San Pedro, San Miguel, y los demás santos. Y todo me decían "Huye. Salva tu vida". Por un momento me vi sentado en un sofá en camiseta de tirantes, cerveza en mano y con un montón de críos pelirrojos y pecosos. Y una mierda. Así se lo dije. Tenía que hacer algo con mi vida lo más rápido posible. Esa misma tarde debía pasarme por el Museo y hacerme valer ante Teobroma.
servido por El Bebé Con Puro
sin comentarios
compártelo