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La Coctelera

EL ASOMBROSO PICOVERSO DEL BEBÉ CON PURO

21 Febrero 2009

The Escoba Chronicles: Just a man and his will to survive.

Durante años había guardado el recuerdo de aquella intensa partida de cartas, pero debido a mi escasa perspicacia literaria, no había tenido la suficiente visión como para pensar que aquello pudiese servir de base a un relato. Entonces, una mañana, en una de esas jornadas de verano de total vagabundaje, me encontré cara a cara con la descripción de una partida de póker que me llegó muy adentro.

Con una sidra en la mano y el libro de Auster en la otra, todavía en pijama sobre el sofá de la sala, asistí a lo largo de quince páginas a una partida de póker descubierto que no pudo si no recordarme a aquella partida de escoba celebrada en el Gallo.

Era el cierre de la temporada, la última partida de una serie de once que nos había ocupado desde el día siguiente a año nuevo hasta ya entrado el verano. Siempre en el mismo lugar, la misma cafetería.

De un lado, el Bien, los Justicieros, los Caballeros, la bondad personificada, la educación, la virtud, Arroyito y Pozuelo, Starsky y Hutch, los Roberto Alcázar y Pedrín de la baraja española, Gian Franco Zola y Dieguito Maradona, El Dúo Dinámico, Juan y Yunior, Os Viaxeiros do Tempo.

Del otro, el lado oscuro del lado oscuro, la maldad materializada, Gerardo y Migueli, los Langoriers, unos auténticos galeotes, los que apretaron el gatillo contra de JFK y contra Buenventura Durruti, los Saqueadores de Tumbas e Invasores de Cuerpos, los del látigo de nueve colas y la lanza de doble punta. Los productores habituales de Pedro Osinaga.

El bien y el mal. Arlequinados, por supuesto.

La serie de aquel año se había iniciado con un claro cero a cuatro a favor de las fuerzas del bien, pero con el tiempo la serie se había ido equilibrando y nos habíamos plantado en la última partida con cinco partidas a cinco.

Normalmente estas partidas tenían lugar los viernes, a última hora de la tarde, pero, ante lo especial de la situación esperamos a un día de máximo calor a las cuatro, para asegurarnos que nadie entraría en el Gallo a molestarnos. Todavía recordábamos aquel día en que un humilde padre de familia, tras bajarse un par de jarras de cerveza, se anudó la corbata alrededor de su amplia y despejada frente y comenzó a jugar con sus hijos a las locomotoras entre las mesas del bar.

Sonaba como un demente y andaba como un demente. Era sin duda un auténtico demente vestido con un chaqueta de lana y vaqueros raídos quien, como un descarriado y desencantado tren Estrella Rías Bajas, giraba alrededor de nosotros ante la diversión de sus hijos, el estupor de las dos mujeres que le esperaban en una mesa esquinada hablando de moquetas, nuestra creciente incredulidad y la más absoluta indiferencia del dueño del bar, quien estaba acostumbrado a peores espectáculos.

Observé que bajo el revoltijo de cables que había tras la vieja máquina de plataformas seguía el cacahuete que nos habíamos arrojado en la novena partida de la serie, hacía más de una semana.

Pese a aquel aparente descuido, con restos de comida por el suelo o los viejos carteles de las paredes pintarrajeados y con sus esquinas levantadas, los pequeños detalles del Gallo eran los que hacían de aquel el lugar perfecto para una buena partida de cartas. En los casi tres años que llevábamos acudiendo allí podíamos haber encontrado las aceitunas y los servicios mas apestosos jamás vistos, así como tarados danzando entre las mesas, pero lo que nunca habíamos visto era una baraja vieja. Y eso era algo que no podíamos dejar de agradecer.

Tomé la baraja de Vegafina entre las manos.

Así empiezan las guerras.

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