La Guerra de Cayo
Mientras acabas el último cigarro, permíteme que te hable de la rivalidad que existió entre mi tío Cayo y Daniel, el marido de su hermana.
Era tradición en mi vastísima familia paterna que el cumpleaños de la abuela Dolores, invariablemente, se celebrase su inm
enso piso de la calle Venezuela. Tradición que duró hasta que mi abuela, ya con ochenta y cinco años, aburrida de vivir y sobre todo de cocinar, comenzaba a prodigarse en la salmodia de “solo pido a Dios morirme mientras duermo, así, tranquilita”; cantinela que por cierto arrastró durante doce años más. No se trataba tanto de que la buena mujer no tuviese razón como que encontrase en ello un placer especial incomodando a sus descendientes, a los que había dedicado tantos años de esfuerzos mal retribuidos.
Pero me estoy desviando del tema. Te hablaba de mi tío Cayo. Cayo, el mayor de los siete hermanos, de los cuales mi padre era el quinto, había tenido que ponerse a trabajar nada más acabar la escuela elemental. Eran tiempos de estrecheces en los que todo lo que se ganaba se llevaba a casa para que la abuela Dolores lo administrase con tanta sabiduría como parquedad. No hacía ni dos años que su marido, mi abuelo Esteban, había muerto, y el escaso beneficio que obtenía arreglando ropa no llegaba apenas para pagar el alquiler del piso. Por eso uno tras otro, los cuatro hermanos mayores tuvieron que empezar a traer un sueldo a casa pronto.
Mi tío Cayo siempre había destacado por ser un hombre tranquilo, bueno, y sobre todo, discreto. Había empezado trabajando como botones en la central de una constructora de cierta importancia en aquellos tiempos, y con los años había alcanzado el puesto de ordenanza jefe, que venía a ser básicamente lo mismo, pero con derecho a su propia mesa, ribetes dorados para su uniforme azul y un salario que le permitió casarse con la que era su novia desde hacía ya varios años, Teresa, una secretaria bajita y simpática, que tenía una mancha de color café con leche en su brazo derecho.
En una de aquellas celebraciones, Adelina, la menor de los siete hermanos, vino acompañada a la cena de quien luego sería su marido, Daniel.
Daniel era una de esas personas alrededor de la cuales fluye una innegable aureola de éxito. Daniel, además, tenía percha. Todo el mundo coincidía en lo bien que le sentaban los trajes. Su bigote de delgadas y cuidadas guías le daba un aspecto de seguridad que su templado timbre de voz se encargaba de confirmar. Todo el mundo, desde la abuela Dolores hasta el último de los allí presentes, celebró su llegada casi como la de un segundo Mesías, una especie de niño Jesús con gabardina y dorado alfiler de corbata.
La abuela Dolores, sin saber el alcance que sus palabras llegarían a tener, no desaprovechó la ocasión para recriminar al tío Cayo su escaso cuidado en el vestir y su parquedad en el hablar. Cayo, que no era persona propensa a combates dialécticos, callaba y por tanto otorgaba. Otorgaba a Daniel una primera victoria a los puntos. Ahí comenzó a gestarse la rivalidad entre ambos.
Quizá Daniel no fuese consciente de ello. Al menos en los primeros tiempos, puede que no compitiese de modo distinto a como solía hacerlo con cualquier otra persona dado su forma de ser; como tampoco creo que la actitud de Cayo obedeciese a algún tipo de iniquidad o animosidad. Simplemente era incapaz de librarse de la alargada sombra de Daniel.
Su rivalidad abarcaba
numerosos frentes. Algunos tan nimios como el tabaco o la colonia. Para que me entiendas, mientras el tío Cayo era un declarado consumidor de Ducados, tabaco negro que siempre había desagradado a mi abuela, Daniel nos sorprendió con una elegante cajetilla de Davidoff, negra y con letras plateadas, que despertó alabanzas en la mesa de los adultos.
De un inicial deslumbramiento ante la figura del tío Daniel acabé solidarizándome con el tío Cayo. No por haber tenido algún tipo de roce con el tío Daniel, quien siempre mostraba un trato esmerado con todo el mundo. Más bien por que con el paso de los años yo mismo fui empujado a la inmensa milicia de la vulgaridad. A medida que su lucha se iba haciendo evidente mi cautelosa solidaridad hacía Cayo se fortalecía, hasta el punto de recibir igualmente un sutil reconocimiento por su parte.
Pasados ya algunos años se generó una dinámica en la que Daniel cedía la iniciativa a Cayo para, habiéndose presentado éste a la mesa con algún logro o adquisición, replicase con una gesta un poco superior, lo bastante como para ser proclamado vencedor por el inapelable e inclemente Gran Jurado de la comida de cumple
años.
Pero además la suerte acompañaba a Daniel, y cuando Cayo se compró, tras muchos sacrificios, un Renault 8, comenzó la decadencia de los automóviles de tracción trasera y el tío Daniel no tuvo más que adquirir un Citroën Gs pocas semanas antes de la cena. Un coche con tracción delantera, suspensión hidráulica y pintura metalizada azul, que dejaba anticuado al Renault color crema y tracción trasera de Cayo, siendo la sensación en la familia aquellas Navidades.
Años más tarde, ya en los ochenta, me encontré al tío Cayo en unos grandes almacenes. Sabiéndome de su parte en la batalla me pidió discreción, pues acababa de comprar un vídeo y esperaba al cumpleaños de la abuela, que ya era inmediato, para dar la gran noticia que sin duda le encumbraría en aquella ocasión.
De nada le sirvió tanta reserva.
Después de propinarle una condescendiente sucesión de palmaditas en el hombro, Daniel le comentó con una sonrisa en los labios:
-
Por Dios, Cayo. ¿Pero no sabes que el Beta es un sistema que no tiene futuro? Deberías haber hecho como yo y haber esperado un par de meses a que baje el precio del VHS.

A lo largo de los siguientes años no faltó alguna referencia al vídeo beta de Cayo a poco de que el vino corriese en la mesa.
Por desgracia no acababa allí la cosa y muchos fueron los afectados por esta rivalidad. Los hijos de ambos se vieron abocados así a un calendario de actividades extraescolares tan intenso que hizo que acabasen en su mayoría por abandonar los estudios antes de tiempo. El único de ellos que fue capaz de soportar anta presión fue Gaspar, el hijo mediano de Daniel, hoy licenciado por una universidad americana e implacable ejemplo para todos los nietos de la abuela Dolores por su sacrificio e iniciativa al irse a estudiar al extranjero.
Llegada la década de los noventa su rivalidad creció del mismo modo que lo hacía el mundo que les rodeaba. Ya no se trataba de mejor tabaco, el mejor traje o el mejor coche. Sentí un escalofrío cierto día en que nos habíamos reunido para celebrar uno de los últimos cumpleaños de la abuela. El tío Víctor fue quien nos señaló la noticia en las páginas salmón de suplemento de economía. La empresa en la que trabajaba el tío Daniel había lanzado una OPA destinada a adquirir y desmantelar la empresa en la que Cayo trabajaba. Mientras el tío Cayo intentaba digerir aquello, sentado en un sofá, mi familia en pleno se esforzaba en animar a Daniel, desolado por que su empresa fuese la responsable de que el tío Cayo, a pocos años de la jubilación se fuese al paro.
Tres años más tarde, Cayo y Daniel se encontraron por última vez en el cumpleaños de mi abuela.
En aquellos años Cayo había envejecido notablemente. Su pelo se había vuelto blanco y sus ojos acuosos y faltos de vida. Por su parte Daniel se mantenía en un formidable estado para sus más de cincuenta años.
Creo que nadie en la mesa había notado que el tío Cayo estaba más inanimado de lo que en él era habitual. Seguramente lo achacaban a aquellos años recluido en su casa, viviendo del subsidio de desempleo. Plato tras plato desfilaron por la mesa las elecciones anticipadas, el Barça de Cruyff, el Tour de Indurain y lo bien que trabajaba el niño pelirrojo de Farmacia de Guardia. Mientras tantos, pequeñas perlas de sudor se formaban en la frente de un olvidado tío Cayo.
Llegó un momento que me preocupé tanto por su mal aspecto que le pregunté si se encontraba bien. Cayo, sin contestarme, se puso en pie, y se dirigió al sofá. Antes de llegar a él se desplomó sobre la alfombra.
Mientras la ambulancia a la que habíamos llamado no hacía acto de presencia, una nube formada por toda la familia rodeaba a Cayo. Me fijé en su cara. En un primer momento me sorprendió que lo que debía ser una expresión de dolor pareciese un sonrisa llena de felicidad. Cuando Cayo clavó sus ojos en mí comprendí a que se debía. Con una leve sonrisa y un gesto de mi cabeza le hice saber que le había comprendido. Aliviado por mi mueca sonrió nuevamente y se desplomó.
Por fin creía haber logrado lo que desde hacía tanto tiempo buscaba, y que en el momento que el suponía de su muerte nadie le podría negar. Por fin recuperaba el cariño de su familia de manos del usurpador.
Yo fui el encargado de darle la mala noticia.
Cuando entré en la sencilla habitación del hospital le encontré postrado en la cama, con gesto sombrío. En la televisión José Luis Moreno movía la boca tras un micrófono simulando la voz del cuervo Rockefeller en plena tarea de llamar “jamona” a una azafata vestida con un biquini plateado y un sombrero de copa. 
“¿Qué ha pasado? ¿Donde están todos?” Me había preguntado inquieto. Fue así como tuve que explicarle que después de desmayarse, el tío Daniel nos trajo a Teresa, su mujer, a mi padre y a mí al hospital mientras el resto de la familia intentaba tranquilizar a la abuela Dolores.
Desde que le ingresasen hasta que apareció un médico preguntando por nosotros pasaron casi dos horas. Dos horas de difícil espera, de concentrado silencio. Nada más oír el apellido de la familia salté sobre aquel hombre de bata blanca.
Al parecer se había tratado de un desmayo ocasionado por una tensión demasiado alta de modo que a la mañana siguiente podríamos verle, cuando se encontrase recuperado. Aliviada tras oír aquello, la tía Teresa se abrazó a mí. Entonces nos dimos cuenta de que Daniel seguía sentado en el banco.
Fue al intentar despertarle para darle la buena noticia cuando nos dimos cuenta de que estaba muerto.
Mientras terminaba de explicarle al tío Cayo que el resto de la familia se encontraba en aquellos momentos en el funeral de Daniel en sus ojos nacieron tímidas un par de lágrimas que tardaron unos segundos en caer por sus apagadas mejillas.
Preferí guardarme la pregunta que me cruzaba por la mente y me limité a poner mi mano en su hombro.


