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EL ASOMBROSO PICOVERSO DEL BEBÉ CON PURO

9 Junio 2009

Quídam, aka El Recolector de Imprecaciones (I)

I

 

 

De entrada me gustaría aclarar que soy un cabrón con pintas. No hace falta que me aplaudan aún. Vendería a mi familia entera por una mujer. O por un Jack Daniels. O por una caja de cohibas Nº1. O por una entrada para ver a los Yankees. O por... queda claro, ¿no?. Pues ahí tienen más.

Siempre he creído que la única utilidad de esos pequeños perros peludos es lo brillante que dejan el calzado. De hecho, esa fue la razón por la que aquella mañana limpié mis algo-menos-nuevos zapatos de modo repetido en el repelente animalucho de la señora Chinchorrera, la cual, habiendo contemplado la escena a través de la mirilla me lanzó un erotema que supe esquivar gracias a la práctica que me ha proporcionado mi trabajo.

En aquél tiempo todavía me dedicaba a recolectar imprecaciones que posteriormente trasladaba al Centro de Estudios del Museo del Quídam donde tras ser medidas, catalogadas, estudiadas y limpiadas con un detersivo genérico eran expuestas a la vista de los escolares que acompañados por curas con aspecto de registradores de la propiedad (o viceversa) verían así completada su formación espiritual. Nunca había pensado en aquel trabajo de calle como en algo definitivo. Aspiraba a un puesto de preboste. Buen sueldo y un despacho. No se trataba ya de lo poco interesante que se había vuelto el trabajo en los últimos tiempos sino a lo peligroso que resultaba. Muchos recolectores de imprecaciones se habían visto alcanzados por una de éstas en alguna ocasión lo que generalmente les hacía acabar con los sesos esparcidos por el suelo, formando unos atractivos juegos florales, que por otra parte contribuían a dar a las calles un aspecto más humano.

Desde luego aquello no era lo que me hubiera imaginado años atrás. De pequeño siempre había querido ser detective. Ser un detective con sombrero y gabán, con whisky y femme-fatale, como los que salían en las películas. Pero crecí y me olvidé de aquellas pamemas. Bueno, de todas menos de la mujer, necesitaba un fuera fatal o no. Aunque me llevó tiempo encontré algunas, pero como resultaron fatales para mi úlcera prefiero no hablar de ellas.

El caso es que, como señalaba anteriormente, en aquella época me dedicaba a recolectar imprecaciones. Y estaba minusvalorado por mi jefe, F. Lawrence Teobroma. ¿Cómo podría describir a Teobroma? Pues de este modo. Era un enano repulsivo. Un cincuentón calvo de metro y medio que gustaba de aplastar a la gente. Un pequeño Napoleón, que celoso de su posición, mantenía una espada de Damocles sobre todo aquel que pudiera hacerle sombra. Como yo. Mi primer encuentro con él vino a ser así.

  • Usted es el nuevo. ¿Verdad?

  • Sí. Quisiera agradecerle la oport...

  • Escúcheme. De no haber sido el primero de la peor generación de antropólogos que jamás ha dado nuestra universidad, usted estaría barriendo aceras. Desgraciadamente el convenio que existe entre la Universidad y el Museo me obliga a contratarle. Pero no a aguantarle. Si tiene alguna pregunta... coja un libro.

Todo un recibimiento. Desde luego, si se cayera al Hudson no sería yo quién iría a rescatarle. Tuve que callarme por que era eso o la puta calle. Paciencia. Presentía que mi Ford y su flamante Packard se iban a conocer pronto.

Cinco años de estudios de antropología y parecía el chico de los recados. No se extrañen de que sea un tipo de lo más bajo. De aquella afición infantil por los detectives me había quedado cierta huella, así que me gustaba estar al tanto de los asuntos policiales de la ciudad a través de un amigo de la infancia. Vinny Adventicio (igual que a mi familia, a él también le vendería por una mujer, por un Jack Daniels...), agente de homicidios, quién me daba cuenta de sucesos de habitual bastante truculentos que yo anotaba cuidadosamente en mi pequeña libreta forrada con la piel de un desafortunado individuo que en cierta ocasión recibió una imprecación de su celosa mujer entre ceja y ceja. (Sí. Otra de mis alegres compañías es el encargado del depósito de fiambres). Al llegar a casa solía repasarlos antes de irme a la cama, con la vista puesta en un negro futuro (y en la revista erótica que acababa de comprar).

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