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La Coctelera

EL ASOMBROSO PICOVERSO DEL BEBÉ CON PURO

13 Junio 2009

Quídam, aka El Recolector de Imprecaciones (III)

III

 

En el edificio vivía gente de lo más edificante: No sólo italianos como la mencionada signora Chinchorrera sino también borrachos, fumadores de grifa, mormones, un prestamista y varias familias irlandesas (con irlandeses borrachos, irlandeses fumadores de grifa, irlandeses seguidores de Mormon e irlandeses... endeudados). Incluso todo ello junto: los O’Tipperay que llegaron tras la histórica gran escasez de cebada. El padre, Sean O’Tipperay era un rudo estibador del puerto de Nueva York y además boxeador aficionado. Estaba casado con Eileen, una irlandesa de pura cepa, terriblemente religiosa. No quisiera juzgar equivocadamente a la buena mujer, pero curiosamente a raíz de su desafortunado encuentro con el pastor Bell y la mujer de éste, en el que se produjo un pequeño conflicto dogmático, comenzó a operar en el barrio la OAP (Organización Anti-Protestante). Su primera acción tuvo como consecuencia la fijación de distintos iconos religiosos en la iglesia del pastor Bell y el empalamiento del propio pastor y su mujer. Sean y Eileen tenían dos hijos. La mayor era Molly, Molly O’Tipperay una veinteañera pelirroja hasta el... No me pregunten por qué lo se. Su otro hijo era el joven Paddy. La suya es una triste historia. El infeliz tuvo la ocurrencia de acercarse a los postulados mormones al saber que éstos admitían la poligamia, pero lo que se acercó peligrosamente a sus belfos fue el puño de su padre al enterarse de aquello. Para mitigar el dolor le recomendaron tomar sorbitos de whisky. A los pocos meses ya soplaba como el motor de un V-16 Cadillac de 1930. Y de ahí a fumar hachís. Acabó arruinando a su familia. Mejor dicho: arruinando aún más a su familia. Para obtener dinero tuvo que prostituírse y acabó sus días acribillado en la cama del conocido mafioso Franky "Vaselina" Carrara. Más tarde se supo que a Franky se lo había cargado su familia por casposo y maricón, pero esa es otra historia.

El edificio estaba situado en las afueras de South Brooklyn, donde hacía tiempo que los servicios de vigilancia no desempeñaban su labor, siendo el resultado que con el cambio de estación habíamos sufrido una invasión de ancianos violentos en los callejones que atemorizaba a los ciudadanos. En general no resultaban peligrosos, ya que se limitaban a blandir sus bastones o sus miembros ortopédicos, pero algunos de ellos, probablemente licenciados en la Escuela de Oratoria llegaban a lanzar peligrosas imprecaciones.

Una noche dos marineros de permiso fueron acorralados por un grupeto de antañones y provectos imprecadores que tras perpetrar toda clase de tropelías genésicas con ellos les abandonaron coritos y atados a un poste de teléfono hasta que unos parroquianos de buen corazón les desataron y dejaron marchar. Este no fue el único caso. En otra ocasión el panadero del barrio, el señor Prurito, se dirigió de presurosamente al callejón que se encontraba detrás de su establecimiento para solventar la inconveniente tiesura con la que de modo harto amenazante había dado la vez a una joven y atractiva muchacha que huyo despavorida no sin antes lanzar un certero papirotazo que contribuyo a aumentar el grado de excitación del libertino. Una vez en el callejón, y totalmente centrado en su labor, no advirtió como los abueletes le rodeaban. Su muerte fue largo tiempo comentada aunque como lado positivo hay que señalar que sirvió de advertencia a otros disipados.

A raíz de esto Teobroma consideró que mi labor de recolector de imprecaciones resultaría más productiva en mi barrio que en centro de la ciudad, lo cual me hundió aún más en una vida miserable ya que a los pocos días de este traslado se produjo un desgraciado incidente al irrumpir los caducos en un desfile de la sección femenina de las Fuerzas Amatorias en una fecha que sería largamente recordada. Los valetudinarios, considerando que las muchachas llevaban faldas demasiado cortas, lo cual a su juicio era signo de una evidente falta de temor a Dios, se lanzaron a por ellas dispuestos a recordarles que Dios es ante todo Vengador. Bueno, la verdad es que alguno de los matusalenes aprovechó para recordar tiempos mejores blandiendo algo más que su bastón. Aquello motivó la cólera del alcalde y el inmediato exterminio de los añosos.

A la mañana siguiente había sido ido a ver a Teobroma a su despacho, preocupado por mi situación. Me recibió su nueva secretaria, una chica rubia, de ojos azules y levemente rasgados, poco más de veinte años, y unas piernas como columnas minoicas. ¡El muy crápula!

Teobroma estaba reunido. Esperé a que saliera del despacho un tipo cetrino con aspecto de bergante. La verdad es que no tenía desperdicio. Vestía un traje de rayas y una camisa violeta, además llevaba un par de días sin afeitar. No me parecía precisamente un agente de seguros, o un miembro del consejo rector, pero tampoco me preocupé mucho. Solo lo justo para llegar a la conclusión de que probablemente fuera coprófago aficionado. El interfono de la secretaria escupió, con una total falta de corrección, un mensaje:

  • Hágale pasar.

Me miró (¡eoh!, mi cara está más arriba, dulzura) y me indicó el camino de la puerta. Viendo a la chica, tendré que pasarme más a menudo por el despacho de Teobroma. Hablando del ruin de Roma, el desgraciado estaba en su gigantesco sillón tras su gigantesca mesa de su gigantesco despacho. Todo eso para un tipo de metro y medio. Tomé asiento.

  • Mi querido amigo. Me alegro de verle. ¿Cómo le van las cosas por su nuevo distrito?. (¡Sería cínico el cabrón hijo de su madre! Él sabía perfectamente como me iba).

  • De eso quería hablarle. Desde que el ayuntamiento hizo limpieza no hay casi actividad. Me gustaría que me devolviera el antiguo puesto.

  • Bueno...-dudó.- La verdad es que ese puesto ya está ocupado.

Mi puesto en el centro había sido ocupado por un sobrino del señor Teobroma, por lo que me vi destinado de por vida a un barrio muerto. Las pocas imprecaciones que recogía carecían de interés científico, e incluso había días en que no necesitaba ir a la oficina central ya que tenía las manos vacías. Llegado el momento se encargó a un recadero que se acercase por mi casa a recogerlas con lo que dejé de pasar por el museo. Esa sería la tónica (bastante átona) de los siguientes meses. Era un náufrago en medio de un inmenso mar de mierda.

 

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