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La Coctelera

EL ASOMBROSO PICOVERSO DEL BEBÉ CON PURO

14 Junio 2009

Quídam, aka El Recolector de Imprecaciones (IV)

IV

 

No tenía necesidad de madrugar. Me limitaba a dar un paseo a última hora de la tarde por el barrio para, en los días más afortunados, recoger a lo sumo un par de imprecaciones de nulo valor científico. La gente ya no sabe maldecir. Una de aquellas mañanas me levante temprano. Realmente estaba tocando fondo. Me dediqué a seguir el vuelo de un moscardón que daba vueltas por la habitación buscando desesperadamente una salida. En un par de ocasiones llegó a chocar con la ventana. Era irónico, me recordaba a mí. Lo maté de un golpe seco con el periódico.

Puse un disco del Stu Sullivan Quartet y busqué algo para desayunar. ¿En la nevera? Dios mío, el pastel de carne se movía. Pensé que debería hacer limpieza. O mudarme. ¿En la despensa? Pan de hace dos días. No estaba tan desesperado. Volví a la cama con un cigarrillo. No deja de ser un estilo de alimentación alternativo. Por supuesto la calma no duró ni cinco minutos. Los golpes en la pared dejaban bien claro que mis vecinos no son precisamente unos melómanos.

Me vestí y salí a la calle. Lo que se podía ver no me ayudaba a levantar el ánimo. Mujeres cargando con la compra y niños sin escolarizar. Y suciedad. La suciedad congénita del barrio. Calles estrechas y edificios de ladrillos ennegrecidos por la misma humedad que mina los huesos de los mayores y la escasa humanidad de los que aquí malviven.

Ni siquiera sabía donde ir. De seguir calle arriba pasaría por el kiosco del viejo Chan, a quien debía dinero; por la taberna de Moe, donde tengo una cuenta por pagar y llegaría al taller de Marlett, a quién debo un neumático y un cambio de aceite. Si caminase calle abajo llegaría al mercado. Dos mil mujeres italianas e irlandesas berreando. No gracias. Ni siquiera podría aprovechar las imprecaciones que allí me encontrase. La política del museo es recoger solo imprecaciones 100% americanas: blancas, anglosajonas y protestantes. Estaba proyectada la construcción de una Sala Internacional del Museo del Quídam pero el concejal responsable había transferido los fondos a una cuenta a su nombre y había huido de la ciudad acompañado de la joven encargada del cuidado de sus hijos y de su pastor alemán, con quienes se le había descubierto un affaire.

Decidí dirigirme al parque, por la calle que corta el barrio. Craso error. Allí estaba la tienda de Thor Trondheim, quién cometiera el error de fiarme en una lejana ocasión. Antes de que me diera cuenta dos manos como palas me cogieron de la solapa y me lanzaron contra la pared. Estaba recibiendo hasta en el apellido. Entonces dejó franco el camino hacia la parte en que los caballeros no golpean. Pero yo si lo hago. Y con saña. Cayó de rodillas y le golpee la cara. Solo lo necesario. A fin de cuentas, le debía dinero.

Después de todo, no había recibido tanto. Unas cuantas magulladuras y un corte en el labio. Volví a casa para limpiarme, y también para evitar encontrarme con más gente a la que debiese dinero. Como al dueño de la licorería, de la librería, de la tienda de música y un largo etcétera. Lo más ridículo de la situación es que tengo dinero suficiente para pagarles a todos, el sueldo del Museo no es tan miserable, lo que ocurre es que... soy un cabrón.

Cuando llegaba al portal me encontré con Molly O’Tipperay que volvía del mercado y pensé en lo primero que pensaría cualquiera que tuviese delante una pelirroja de ojos verdes, piel blanca y suave, cara de ángel y buenas caderas. ¿Debía hacerme el duro o despertar sus instintos maternales? Opté por una postura ecléctica. Y funcionó. Debería haber estudiado psicología. Era una chica bastante tímida, le costaba mantener una mirada. Por un momento casi estuve a punto de sentir algo parecido a escrúpulos. Por un momento. Se ofreció a curarme el corte del labio. Un poco primitiva. Empleó su saliva. Creo que a eso se le llama medicina natural.

Para que decir nada. Los dos íbamos a lo mismo. Vaya con la irlandesita. Parecía que tuviese hambre atrasada. Gemía, gritaba, arañaba, se frotaba furiosamente contra mí, mordía la almohada. Todo eso está muy bien normalmente, en pequeñas cantidades. Pero aquello me descentraba. Le hubiera dado una bofetada pero seguro que se hubiese puesto más cachonda.

Después de que recuperáramos el aliento me dijo:

  • Mmm... (onomatopeya de sensación placentera no de estar pensando qué decir) has estado muy bien.

  • (¡Pero si lo ha hecho todo ella!) Tu también has estado fantástica.

  • Mi antiguo novio no valía gran cosa, pero tú...

  • (“¿Antiguo novio?” “¿Pero tú?”) “¿Antiguo novio?” ¿Tienes novio ahora?

  • ¡Que gracioso eres! Hablo de ti.

En aquellos momentos el cielo comenzó a resquebrajarse y súbitamente se me vinieron encima. Dios, Jesucristo, la Virgen, ángeles, arcángeles, principados, potencias, virtudes, dominaciones, tronos, serafines y querubines. En una segunda oleada llegaron San Pedro, San Miguel, y los demás santos. Y todo me decían "Huye. Salva tu vida". Por un momento me vi sentado en un sofá en camiseta de tirantes, cerveza en mano y con un montón de críos pelirrojos y pecosos. Y una mierda. Así se lo dije. Tenía que hacer algo con mi vida lo más rápido posible. Esa misma tarde debía pasarme por el Museo y hacerme valer ante Teobroma.

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