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La Coctelera

EL ASOMBROSO PICOVERSO DEL BEBÉ CON PURO

17 Junio 2009

Quídam, aka El Recoletor de Imprecaciones (V)

V

Tras el susto que me había llevado por la mañana el tiempo avanzaba atropelladamente, con una carencia de urbanidad que fue advertida por un rudo agente de la policía a quien los años de servicio habían ido minando la paciencia, por lo que no dudo en aplicarle un brutal golpe que le hizo detenerse en seco. Con el tiempo parado, no encontré nada mejor que acercarme hasta el Museo. Salí de mi casa a eso de las cuatro de la tarde, curiosamente la misma hora de llegada. De camino al museo me detuve en casa de Vinny, que se encontraba en su día libre. Esperaba que si le daba un poco la lata quizás me invitase a cenar. Vivía en un pequeño apartamento en el que reinaba el desorden. De hecho, en el momento en que entraba el desorden, en virtud de su prerrogativa, quiso que una pila de diversos útiles se me viniera encima desde un altillo, en lo que me pareció una indigna recepción. Considérate en tu casa. ¿En mi casa?. ¿Es una burla?. ¿Así tratas a tus visitas?. Estírate y dame algo de beber. Espera. Como me largues el matarratas que siempre tienes encima de esa mesa y al que te atreves a llamar whisky, ¡por Cristo bendito!, no te salva ni tu placa, ni el cuerpo de policía, ni los putos colonos del Gayflower deshaciéndose en plegarias hacia el Altísimo. ... Voy a acercarme al Museo. ¿Por que no vienes también y me cuentas algunos de tus casos truculentos, eh, piesplanos? Estoy en mi maldito día libre. ¿Quieres explicarme como cojones has llegado a la brillante conclusión de que me apetecería ir a un Museo? (¡¡Arate cavate!!). ¿Quieres una razón? ¿Quieres una jodida razón para ir al museo? Mi futuro laboral se va a pique. Tengo que encontrar la manera de que Teobroma me saque de esa pestilente fosa en la que me ha metido. Por eso tengo que ir al Museo y... ¿Lamerle el trasero? Que te follen. Que te folle un araucano con plumas. O mejor, una tribu entera. Yo había pensado que podríamos ir a cenar con Kate y su prima. Como ves no me olvido de mis amigos. Kate. Oops. Acabábamos de entrar en un terreno resbaladizo. Y encima me sacaba el tema de la amistad. Por segunda vez en el día estaba a punto de estar cerca de sentir remordimientos. Aunque bien visto aquello no había sido culpa mía. Si Vinny no se hubiese caído redondo después de bajarse el solo una botella aquel fin de año Kate no se hubiese sentido en primer lugar avergonzada y e posteriormente aburrida con lo cual no hubiese buscado mi compañía. ( También estaba solo. Odio las fiestas de fin de año). Yo no le hubiese sugerido lo que lo sugerí por llevar dos copas de más y ella no me hubiese contestado lo que me contesto por llevar también esas dos copas. No hubiésemos dejado a Vinny desmayado en un sofá, no hubiésemos cogido mi coche para ir a un lugar apartado ni hubiésemos bailado el mambo horizontal. La culpa es de Vinny que actúa sin pensar en las consecuencias. Y de Kate. No debería hacer caso de todas las cosas que se me pasan por la cabeza... aunque bien pensado... Pero no creo que te suponga tanto esfuerzo acercarte por el Museo.- Tenía que cambiar de tema. Me pierde pensar en Kate.- No ves que el tiempo está parado. Sí... pero... La conversación discurrió por un cauce similar, a veces engrosado por algún afluente, hasta que al final logre convencerle de que me acompañara. Una de las ventajas de que el tiempo se detenga es que se puede hacer de todo y eso es indiscutible. Cuando llegamos al Museo eran aún las cuatro de la tarde (como es lógico). El portero era un tipo bastante gris, que para hacerse notar no tuvo mejor idea que enfermar súbitamente de carbunco, con lo que su piel adquirió un tono rojo brillante que, en honor a la verdad le favorecía bastante. Desgraciadamente no vivió para disfrutarlo siendo inmediatamente sustituido por un nuevo portero, igualmente gris. La Sala de Imprecaciones ocupaba unos trescientos metros cuadrados. En sus vitrinas se exponían las más importantes imprecaciones realizadas en nuestra ciudad, y que formaban parte del patrimonio cultural de los Estados Unidos. Cada vez que una persona profería una imprecación que no llegaba a alcanzar a su destinatario esta caía al suelo y acababa cristalizando como sistema de protección. Formaban estructuras semejantes a los copos de nieve con amalgamas de colores realmente atractivas y en su interior podía leerse la imprecación que quedaba allí recogida. En el fondo al lado de la otra puerta estaba el señor Teobroma. Y no estaba solo. Hablaba con el presunto coprófago. A su lado estaba su mujer. Se trataba de un salvaje delirio sexual que apenas lograba cubrirse con un ceñido vestido al que había que reconocer una extraordinaria capacidad de dilatación. Tendría poco mas de veinticinco años. Melena negra, cuerpo soberbio. Elegante, muy elegante. Era una buena razón para acercarse a incordiar a Teobroma. Quizás para no tener que aguantarme me acabase haciendo caso. Desgraciadamente no era mi día de suerte. Vinny se encontraba ido, sumergido en alguna oscura fantasía en la que aquella escultural mujer probablemente jugara un papel muy destacado, y por qué no decirlo, muy depravado. No duró mucho la alegría. Mientras intentaba infructuosamente que volviera al mundo real, ella desapareció por la otra puerta de la sala con Teobroma y el abyecto. Por su parte Vinny desapareció en dirección a los servicios. Dudé que necesitase compañía en esos momentos así que opté por no acompañarle. Estaba solo en la sala de Imprecaciones cuando el tiempo se recuperó del golpe con lo que de las cuatro de la tarde pasamos a las once de la noche. Fue entonces cuando un grito salió de la puerta del servicio, atravesó un pasillo, dio dos vueltas a una vitrina con unas imprecaciones de alto valor cultural, tropezó con una silla que algún vigilante descuidado dejó en medio al marcharse rápidamente a casa y terminó por llegar, ligeramente ahogado por el esfuerzo, a mis oídos.

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