Quídam, aka El Recolector de Imprecaciones (VII y VIII)
VII
Al entrar en mi apartamento la razón me indicó lo inconveniente de liarme con la esposa del jefe. Rápidamente le indique a la razón por donde podía irse a tomar. Ésta, ofendida, se marchó por el mismo camino que antaño siguiera la ética.
Caímos encima de la cama. Mientras besaba su cuello ella enredaba sus manos en mi pelo. Empecé a mordisquearle una oreja y ella cerró sus manos tirándome del pelo. Eso le encantaba
(lo de la oreja; lo de tirar del pelo es una reacción puramente somática que tiene su origen en el estímulo percibido por su sistema nervioso sensitivo, que envía un mensaje a través de sus neuronas a su médula provocando reacciones como la antes mencionada contracción de su musculatura en general y la secreción de ciertos humores, amén de un proceso de liberación térmica, y aumento de las cadencias e intensidades respiratoria y cardiaca). Ya era hora de bajar a sus... aquello me dio una idea. Fui a por la botella de Jack Daniels mientras ella se quitaba el vestido. Siii. Llevaba años deseando hacer esto. Mis manos por su parte iban por libre. Y a juzgar por sus exclamaciones de aprobación iban por buen camino. Genial. Además ella no se cortaba un pelo. Cogió un pañuelo de seda con el que me ató las muñecas a la cama (la verdad es que esto es algo peligroso en una primera cita, nunca sabes con quién te puedes encontrar, lo que pasa es que la razón se había ido hacía un rato). Besos y mordiscos. Y lametones. Y... y... yóssss... ¡Me gusta!. Debo anotarlo. Me soltó. Después de varias jueguecitos similares pensamos en ir acabando. Y lo hicimos a lo grande, con fuegos artificiales. Con un desfile por la Quinta Avenida con banderitas, gente saludando desde las aceras y bandas de música. Ante la cálida ovación de mis vecinos optamos por deleitarles con otra pieza.
VIII
Antes de dejarla en su casa, en la avenida Amsterdam, Helen me había dicho que nos volveríamos a ver al día siguiente. Eran las cinco de la mañana. Había sido un día agotador, tanto que ya no sentía sueño. Bajé por Broadway hasta la 57 Oeste y después de pasar el Carnegie Hall baje por la Sexta avenida hasta Herald Square. Detuve el coche y entré en una de esas tiendas que abren las 24 horas. Necesitaba un café. Con mucha leche y mucho azúcar. Estuve dándole vueltas a la cabeza hasta las siete. Compré algunas cosas para comer y al salir vi que estaban descargando la primera tirada del Post. Compré un ejemplar. En él venía recogido lo ocurrido. Al verlo impreso me empecé a preocupar por Vinny. Ojalá la policía pudiera encontrarle a tiempo.
Subí de nuevo a mi coche y volví por Broadway para tomar Lafayette, Canal y finalmente el puente de Manhattan para volver a mi casa. Cómo puede alguien como Helen liarse con un tipo que vive en S
outh Brooklyn. Quizás por mis habilidades en la cama. Sería alentador si no fuese por que la referencia es un enano antipático y cincuentón. Aparqué el coche a pocos metros de mi casa y me metí directamente en la cama.
Me desperté a las dos y media. Más bien me despertó un crío dando silbidos. En mocoso estaba tan entretenido con su recién aprendida habilidad que no se percató del tiesto que desde mi ventana fue a parar directamente a su cabeza. Nada grave. Hacía tiempo que la planta que contenía se había secado. “Si no se levanta en diez minutos puede que llame a una ambulancia.”- pensé.- “Bueno, quien dice diez minutos dice veinte; necesito ducharme y afeitarme antes de que venga Helen.”
Cuando salí de la ducha el braguillas ya se había recuperado del golpe y se había marchado. Me encanta contribuir a la formación de nuestros futuros conciudadanos. Comí algo y me senté con un cigarrillo y un libro de Boris Vian esperando a que llegase Helen. Este Vian es un cachondo, así que una pareja que se excita atropellando gente. Y el título es fantástico: Los perros, el deseo y la muerte.
Helen llegó a las cuatro. Empezó a darme la matraca explicándome el terrible error que había cometido casándose con un hombre mayor que ella y que lo único que le podía ofrecer era una posición acomodada. Que sentía que pronto se marcharía su juventud y cosas por el estilo. Si pensaba que la iba a compadecer o algo así iba dada. Primero: ella se lo había buscado. Segundo: yo ya tenía bastantes problemas como para que me viniera a dar la marimba, sobre todo a un lugar tan deprimente como mi casa. Por supuesto le dije todo lo contrario de lo que pensaba. Ni que fuera idiota. Viendo que ella seguía con su perorata la llevé a East River Park. A ver si así se le oxigenaba un poco el cerebro. Pero allí empezó de nuevo.
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Mi vida no vale un penique; – dijo ella – estoy encadenada a un hombre mayor para quién solo soy un objeto de exposición más. Ni siquiera eso. Se preocupa más por las piezas del Museo que por mí.
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Vamos, abrázame.- Me empezaba a doler la cabeza de oírla.-
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Eres tan bueno. Todo esto me quema el pecho. Figúrate que...
Dios mío, ¿se piensa seguir hablando toda la vida? ¿Que ha pasado con la lasciva mujer con la que me había acostado el día anterior?. Tenía que pararla antes de que fuese demasiado tarde. La bese, con dulzura pero con firmeza. Lo conseguí. A los cinco segundos sus manos acariciaban mi cuello.
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Nunca agradeceré lo suficiente haberte conocido. –volvió a hablar- Mi marid...
La besé otra vez. Sus manos buscaron mi pelo. A este paso me va a hacer la tonsura. Su respiración se volvía a acelerar. Odio decirlo, pero a base de ese gran alarde de comprensión y ternura conseguí sacar algo en limpio de aquella tarde (aunque también sería correcto decir “algo sucio”).

