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La Coctelera

EL ASOMBROSO PICOVERSO DEL BEBÉ CON PURO

10 Julio 2009

Quídam, aka El Recolector de Imprecaciones (IX)

IX

Después del segundo día ya no volvió a insistir mucho en el tema. Tiene mucha gracia. Un día le da la llorera como si su vida no tuviese solución y al siguiente pide que le hagas lo que no está en los escritos. Pues yo no iba a perder el tiempo en entenderla. Durante aquella semana nos estuvimos viendo todos los días. Era una de esas situaciones que sabes que no pueden durar demasiado pero que por otra parte esperas que no se acaben. Era en cierto modo una dependencia física. Durante aquel tiempo esperé que la policía me comunicara alguna noticia sobre Vinny, pero estaban desconcertados. Había desaparecido sin dejar rastro. Helen era insaciable. Llevábamos una semana haciendo lo mismo. Bueno, si esas eran todas sus expectativas... Aquella mañana había sido especialmente movida. Ella había llegado antes de las nueve de la mañana y yo, como empezaba a ser habitual estaba despierto desde hacía rato, esperándola. Apenas tuvimos tiempo de cerrar la puerta. Empezamos allí mismo, contra la pared. Aferrada a mí tal como estaba la llevé hasta la cama. Cuando acabamos ella se levantó a beber algo. Llevaba puesta mi camisa. Al ver sus piernas, realmente bien formadas, una fuerza inexorable me hizo levantarme y seguirla hasta la cocina. Abracé con mis manos sus caderas, su cintura, sus pechos. El olor corporal, el calor y la humedad que desprendíamos invitaba a hacerlo otra vez. Estaba agotado. Mientras ella se duchaba yo me tumbé en la cama. Estiré los brazos. Uff, ahora olía a sudor que tumbaba. En cuanto ella saliera de la ducha (un año de estos) iría yo. Sería más divertido juntos pero por esta vez sería mejor dejarlo, si no acabaríamos como siempre. Terminé. Pasa si quieres. - Dijo ella. Mientras yo cogía ropa limpia del armario, ella sacó el disco de Daddy Toussaints y se preparó un whisky. Abrí el grifo de la ducha. Miré el montón de ropa limpia que había preparado. La camiseta. Sabía que se me olvidaba algo. Salí a buscar una en el armario. Helen estaba hablando por teléfono. Solo son tres días. No es tan difícil. Sí, sí, adiós. (¿?) He llamado a mi hermana, no te importa, ¿verdad?. (¡Mujeres!) No, no hay problema. Cogí la camiseta y volví a la ducha. Cómo necesitaba el agua caliente en los hombros. Sentí los músculos de la espalda descargarse. Llamar a su hermana. ¿Que prisa le corre? Mejor no darle más vueltas. Se estaba tan bien. Pensé en acercarla a su casa y pasar por el Museo para dejar un par de imprecaciones que había encontrado. Hacía tiempo que no pasaba por allí. Y me apetecía tocarle un poco las pelotas a Teobroma con lo de mi puesto de trabajo. Aparqué mi Ford enfrente del Museo y me dirigí hacia la entrada. En el momento en que iba a atravesar la puerta del Museo, giratoria como todas las puertas de edificios importantes de la maldita creación, un grupo de pequeños luzbeles hicieron girar esta a gran velocidad lo que proyectó a una pareja de tranquilos abueletes que infortunadamente se encontraban dentro de ella a varios metros de distancia, más concretamente al estanque de aguas verdosas de donde nadie se dignó en rescatarlos. Niños. Que monos. Seguramente harían las delicias de San Herodes. La secretaria de Teobroma me indicó que esperara, que Teobroma no se encontraba en su despacho pero que pronto volvería. Pues espero. Me preguntaba si Teobroma y ella estarían liados. Sería divertido que su mujer y su amante le engañaran conmigo. Sobre todo para mí. Cintura de avispa. Buenas caderas. Parecía un buen momento para tantear el terreno, pero apareció Teobroma hablando con su sobrino y el tipo con pinta de coprófago. Ya está todo contratado. ¿Para cuando? El sábado. Ya tenemos los billetes. En el momento en que se dieron cuenta de que yo estaba allí casi me fulminan con la mirada. Teobroma empezó a gritar. ¡Usted! Puede saberse qué demonios hace aquí. Debería estar en Brooklyn. Yo solo quería... Usted quería mierda. ¿Me oye?. Lárguese de aquí o le pongo en la calle para siempre. Viendo el ambiente decidí volver a casa. No sabía que mosca le había picado pero creía adivinar donde.

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