Quídam, aka El Recoletor de Imprecaciones (X y XI, final)
X
Apenas llevaba diez minutos en casa cuando el teléfono sonó. Y sonó de una manera que me era familiar. Más acelerado. Tenía que ser Helen. Era Helen. Quería que me acercara a su casa, su marido cogía un avión para San Francisco esa tarde y pasaría fuera unos días. Le pregunte si él podría sospechar algo pero Helen dijo que no le parecía probable.
Como ya he dicho vivía en un piso de lujo de la avenida Amsterdam, en la zona cara de la ciudad. Un edificio de piedra, con un portero, con amplio hall, y sobre todo sin el ecosistema para cucarachas de mi edificio.
Entré en el ascensor. Piso primero. La verdad. Es extraño que nos encontremos en su casa. Podrían vernos sus vecinos. Piso segundo. Además ahora que Teobroma parece sospechar. Piso tercero. ¿Tres? Ella habló de algo relativo a tres días por teléfono. Y hoy es miércoles. Teobroma hablaba de marcharse el sábado esta mañana en el Museo. Y Helen dijo que estaría unos días en San Francisco. Piso cuarto. El coprófago iba con él. Como la otra vez, también en su despacho. Como el día que desapareció Vinny. Aquello era muy raro. Piso quinto. Se abrió la puerta del ascensor. Helen estaba espe
rando en la puerta de su piso.
Instintivamente apreté el botón de bajada y retrocedí un paso. Antes de que se cerrara la puerta apareció el coprófago con una barra de hierro. Lanzó un golpe al aire, se desequilibró y cayo al suelo. No lo dudé. Me deshice de él de una patada en su cara. Tampoco iba a quedar mucho peor que antes. Cogí la barra justo a tiempo para golpear una mano que empuñaba un cuchillo. Era el sobrino de Teobroma. Se sujetaba la mano mientras bailaba una especie de danza de la lluvia de los apaches y juraba en arameo. Bonita mezcolanza cultural. En un acto de humanidad por mi parte decidí acabar con sus penas por un rato. Sí. Calladito estaba mejor.
Helen, en la puerta me miraba. Estaba blanca. Empezó a retroceder. La muy hija de puta. Me iba a tener que explicar muchas cosas. Todos estos días me había estado utilizando. Ella seguía retrocediendo hacia el fondo del salón. Pero ¿qué quería ocultar encamándose conmigo? Seguro que Teobroma... Teobroma. Qué extraño. ¿No estaría allí?. Helen retrocedía hacia su habitación. Una persona que huye no se mueve paso a paso. En el reflejo de una ventana vi que en la habitación había alguien. Tuve el tiempo justo de agacharme antes de que Teobroma saliese de la habitación con un revolver. Sonaron tres disparos. No podía perder tiempo. Le lancé un cenicero que encontré a mano y corrí hacia la puerta. Dos disparos más. Doble la esquina del pasillo y otra bala acabó con la vida de la pared del fondo. El edificio exhaló un quejido sordo, profundo. El agujero que dejo el proyectil comenzó a supurar, y la pared, que antes era de un color verde mar comenzó a blanquear. Teobroma se había detenido. Había hecho seis disparos por lo tanto había gastado el cargador. Me di la vuelta y sujeté fuerte la barra de hierro. Ahora o nunca.
XI
La policía me dio una explicación a todo. Parece ser que Teobroma planeaba vaciar el Museo. No le faltaban narices. Había contactado con una serie de ricos coleccionistas a través del abyecto del traje de rayas (el coprófago). Estaban metidos en el ajo su sobrino y algunos vigilantes. Según contó Helen, Vinny oyó algo en los servicios, le descubrieron y le dejaron inconsciente de un golpe en la cabeza. Rompieron una ventana para fingir la huida de un ladrón, aunque en realidad dos de ellos cargaron con Vinny y se escondieron en alguno de los almacenes del sótano. A Vinny lo habían encerrado hasta que fuese el momento de limpiar el Museo de sus piezas más valiosas y marcharse. Teobroma y Helen fingieron venir por el pasillo para tapar su sobrino y el coprófago. Ellos aseguraban haberme visto llegar corriendo y yo a ellos. Todos teníamos coartada. Para asegurarse que no metiera las narices Helen pasaría los días que faltaban conmigo. Así yo no le daría muchas vueltas a lo ocurrido. Eso explica muchas cosas. Como que Teobroma consintiera que acompañase en su esposa aquella noche. Debo dejar de creerme Rodolfo Valentino. Siempre acabo como un gilipollas. (No es una autocrítica, es que Helen me definió así en su declaración ante la policía). El plan estaba bien ideado. En tres días hubieran desaparecido, pero al verme en su d
espacho Teobroma se puso nervioso y decidió encerrarme también. O matarme. Hizo que Helen me citase en su casa pero por esa estrella que tenemos los cabrones salve mi pellejo. Esa viene a ser la historia.
Encontramos a Vinny en un sótano del Museo. Estaba todo lo bien que se puede estar en esos casos. Me dijo que para mantener la calma había compuesto un poema épico. Cuando le liberamos llevaba ciento sesenta versos. Ciento sesenta versos del policía más burro de la Gran Manzana. Y pretendía recitárnoslos. No estaba dispuesto a soportar aquello. Le comenté a uno de los policías que me preocupaba su salud mental. Convinimos en que lo mejor sería encerrarle unas semanas para que descansase. A grandes males grandes remedios.
Sin Teobroma y su sobrino el puesto de director del departamento de imprecaciones está libre. El Museo, deseoso de publicidad favorable (y gratuita), me lo ha ofrecido. Al héroe. Al de las portadas en el Times. Al que solito, y en un alarde de valentía había frustrado uno de los mayores golpes del siglo en la ciudad. Sólo por darme el gusto, no respondí inmediatamente. Tardé diez segundos.
Con la recompensa me he mudado a un nuevo piso en Manhattan. También he cambiado mi vetusto Ford por un Lincoln. Un director de departamento del Museo del Quídam debe dar buena imagen. La silla de Teobroma es ahora mía. Su mesa es mía. Su despacho es mío. Su secretaria... se llama Susan y cree en la erótica del poder. Esta noche cenaremos juntos. Es realmente atractiva. Con esa boca debe haber...

